sábado, 7 de abril de 2007

un cuento de hace tiempo

MI OJO IZQUIERDO

Es gracioso cómo recuerda uno las cosas más insignificantes e incluso estúpidas cuando le sucede algo similar.
Como aquella noche en que uno de mis pocos buenos amigos, que ya no son tan buenos, me dijo consternado y algo ebrio que se le estaba cerrando un ojo. No ayudó en nada que entrara en detalles, como su visita al médico y la sentencia del mismo, de su imposibilidad de evitar tal catástrofe o de su triste resignación a encontrar un par de lentes oscuros que se amoldaran a su cara lo suficiente como para usarlos permanentemente; esos detalles sólo aumentaron para mí lo ridículo e inverosímil de su historia. En ese momento lo consideré un completo imbécil, pero obviamente no se lo demostré para no herir sus sentimientos. Hubiera sido sólo otra tonta anécdota sepultada en un rincón de mi inconsciente, pero como muchas veces pasa, dio el gran salto entre lo totalmente simple y lo simplemente definitivo.
El día 1, (era necesario para mí enumerar los días para facilitar la narración enfatizando en aquellos en que ocurrieron cosas más revelantes, y demostrar al mismo tiempo la relevancia de los mismos mediante tal enumeración, que no habría sido posible si cada uno de esos días no hubiera ocurrido en realidad). Como decía, el día 1 desperté irremediablemente tarde, aún sin poder vencer la modorra que produce la falta de voluntad, que a su vez es producida por tener que estudiar una profesión que a uno no le interesa en absoluto. Desperté con aquella sensación pegajosa en los ojos cuando están llenos de lagañas. Lo extraño fue que tras bañarme seguía con la misma sensación, pero sólo en el ojo izquierdo. El espejo no mostraba nada fuera de lo común, sin embargo las molestias persistieron todo el día. Esa noche ya tenía una sencilla descripción de lo que estaba experimentando: sentía como tuviera el ojo completamente seco y el globo ocular se raspara contra el párpado a cada movimiento. No dolía pero era algo muy molesto. Se lo comenté a mi novia al recogerla del trabajo, se preocupó un poco por mí, pero lo tomó como algo pasajero y banal.
El día 2 sin embargo, las molestias continuaron, como el 3 y el 4. El día 5 ya el asunto se tornaba desesperante: me di cuenta de que estaba perdiendo el control sobre mi ojo izquierdo, por absurdo que parezca. No sólo era una molestia, mi maldito ojo se cerraba o abría más de lo normal sin que yo diera tal orden. Era algo sumadamente raro, pero al mismo tiempo demasiado estúpido para los oídos de cualquiera, incluso mi novia.
Así que decidí el día 6, acudir a un médico y contarle el problema. Pude haberme ahorrado el dinero de la consulta, pues aparentemente mi ojo estaba tan sano como siempre.
Esa noche maldecía a más no poder al estúpido doctor, mas cuando empecé a hacer lo mismo con respecto al ojo, al muy desgraciado le dio por hacerme la pelea cerrándose compulsivamente y de manera continua, como si se tratara de un tic nervioso pero mucho más prolongado. Y continuó hasta que la cara empezó a dolerme, pues con el ojo se movían todos los músculos del lado izquierdo de mi cara; la ceja, el pómulo e incluso la boca se movían con él sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Mis maldiciones se convirtieron sucesivamente en quejas, lamentos, gimoteos y finalmente en súplicas al propio ojo. Increíblemente eso consiguió calmarlo. Todo esto pasó en 5 minutos a lo mucho, para que entiendan la magnitud de mi desesperación y lo insoportable que era no poder controlar mi propio ojo. Esa noche entendí por qué el 666 es el número del diablo, pues ese día 6 entendí que ojo estaba poseído.
Al día siguiente se lo conté a mi novia, tonta e inútil decisión, pues por ello tuve que acudir a 3 médicos más, a los que ella exponía mi caso como una reacción al stress, al cansancio y a mil y un motivos físicos más, yo era el agente Mulder y ella la agente Scully en el expediente X del ojo maldito. Obviamente los 3 diagnósticos fueron iguales al primero.
Lo peor de todo era que no había forma de demostrar que esos guiños furtivos o levantamientos de ceja eran involuntarios. El desgraciado parecía tener mente propia, y una muy avispada, pues hacía esos movimientos en los momentos justos y de la forma más natural, como el día 19, cuando me animé a dirigirle la palabra a esa chica tan linda de mi clase de Historia, justo cuando dije algo que podía ser interpretado en doble sentido como otra cos bastante vulgar y ofensiva, el desgraciado le hizo un guiño a esa simpática chica que en ese instante pasó de ser una posibilidad muy lejana a ser un imposible, incluso amicalmente.
O aquel día 24 en que un compañero conocido por no aguantar pulgas y con quien empezaba a trabar amistad, me contaba un gran problema que lo aquejaba. Cada vez que me miraba para ver mi reacción a su relato el ojo éste se abría en demasía, como levantando la ceja. Yo casi no me daba cuenta de por qué el tipo comenzaba a irritarse. Al final estuve a un pelo de ser masacrado a patadas, creo que cualquiera en su lugar lo hubiera tomado como una burla.
Y los ataques compulsivos tipo tic, eran casi exclusivamente cuando estaba solo.
Poco a poco, me tuve que acostumbrar a estas reacciones en la gente en general y a mis pequeños suplicios personales.
Pero el día 49, cansado de quejarme y sufrir por esas quejas, y de causar en mi novia, familia, amigos y demás, las reacciones más extrañas, decidí entablar amistad con mi ojo o lo que sea que lo controlara.
Felizmente, aparte de mi novia (bueno, ahora es mi ex), no comenté mi problema con casi nadie más. Esos pocos me tomaron como un mal bromista, un hipocondríaco, un paranoico, o como ella, simplemente no me prestaron importancia, después de todo, “tú mismo te condicionas a pensar eso para exteriorizar otra cosa”, como me decía al final.
Hoy es el día 118, y estoy totalmente acostumbrado a los caprichos de mi ojo autónomo, es mucho más inteligente de lo que yo pensaba, ya no necesito llorarle y suplicarle para que pare uno de sus “ataques-tic, me basta con hablarle decidida y seriamente, demostrándole que tengo razón. A veces hasta nos ponemos de acuerdo para guiñarle el ojo a las chicas bonitas que vemos por la calle y cosas por el estilo.
Sólo se molesta de verdad cuando lo insulto o maldigo, o digo las cosas que sé que lo irritan más. No puedo negar que es un completo engreído, pero algunas veces me hace reír tanto que hasta creo que le estoy agarrando cariño al desgraciado.
Podría seguir hablando toda la noche, pero será mejor continuar mañana o tal vez otro día, hoy tengo tareas que hacer y el lado izquierdo de la cara me duele a morir.

2 comentarios:

Rocio dijo...

Ya lo había leído, me gustó... Escribe más, pes...

tulito dijo...

Bueno y fluído. El pueblo pide más cuentillos.